28/01/12

Crónica de la metamorfosis: El animal sobre la piedra


A Mariana, meu amorzihno animal

Con su acostumbrada bravuconería, Nabokov intentó descalificar a Kafka con un argumento que, si bien no importa para la grandeza de su obra, mucho menos brilla por su aportación crítica. El ruso experto en lepidópteros (que no en entomología, estudio de los insectos en general) gustaba de explicar a sus alumnos estadounidenses el tipo de insecto que Kafka describe en La metamorfosis, y a partir de esta prueba, demostrar que el praguense se había equivocado en la concepción de su pequeño monstruo. El animal sobre la piedra (México, 2008) de Daniela Tarazona hubiera escandalizado a Nabokov. No se sabe certeramente en qué animal se metamorfosea la protagonista de la novela, pero esto no importa para su efecto literario. En la línea de Ovidio, Kafka, Lispector e incluso Tario, Tarazona ofrece con su opera prima (autora también del ensayo Clarice Lispector) una crónica del desasosiego, una perspectiva animal de la experiencia humana.

No me atrevo a formular una interpretación sobre El animal sobre la piedra porque su narración se goza con el desconcierto. Su propuesta es la extrañeza, no el asidero de la razón. De principio a fin, la explicación de la mutación de Irma es lo que menos se desea, o se espera. Al contrario de la metamorfosis kafkiana, que se lee como negativa y oscura, como una involución de la humanidad de Gregorio Samsa, la de Irma se percibe como favorable para su condición: su madre ha muerto, nada la detiene en la ciudad, su vida parece insostenible y lo único que tiene como alternativa es la fuga hacia el mar. Mejor dicho, hacia una piedra a la orilla del mar, donde tendrá lugar su mutación. Irma, al convertirse en un reptil, muta en sí misma: “Estoy hecha para esto, como un animal del principio de los tiempos: me encuentro adecuada y perfecta, he sido hecha para convertirme en mí”.

Toda su vida anterior es un magma amorfo, es fragmentaria y solamente cobra sentido, es decir orden en la narración, conforme su metamorfosis progresa. Al principio sólo hay recuerdos vagos, su memoria es difusa, ni siquiera es capaz de dar cuenta de su traslado de un lugar a otro, pero en la medida en que muda de piel las palabras de Irma se tornan más coherentes; la narración se corporiza. Las cosas se ponen más raras cuando conoce a un hombre (“mi compañero”) en la playa que tiene como mascota a un oso hormiguero llamado Lisandro. Ellos serán los testigos y cómplices mudos de su transformación: “Los testigos suelen ser personas débiles que se dejan llevar por sus pasiones y oscurecen lo que ven… En la vida propia, en ese limbo donde uno es uno mismo y se percibe el pulso de las vísceras, no hay otro que pueda hablar en nuestro nombre”. Nadie más, de todas las personas que se topan con Irma, se percatara de su cambio, lo que añade un elemento más de extrañamiento. Pero calificar El animal como literatura fantástica, tan sólo por esto, me parece una pereza crítica. Tarazona (México, 1975) aterriza al lector en lo imaginario, en el despliegue del ser como problema, o lo que Gilles Deleuze llamó el devenir inhumano; me permito la luenga cita:

El problema no es ser esto o aquello como ser humano, sino devenir inhumano, el problema es el de un universal devenir animal: no confundirse con una bestia, sino deshacer la organización humana del cuerpo, atravesar tal o cual zona de intensidad del cuerpo, descubriendo cada cual qué zonas son las suyas, los grupos, las poblaciones, las especies que las habitan. ¿Por qué no tendría derecho a hablar de medicina sin ser médico si hablo de ella como un perro? ¿Por que no podría hablar de la droga sin ser drogadicto si hablo de ella como un pájaro? ¿Por qué no podría inventar un discurso sobre cualquier cosa, incluso aunque se trate de un discurso completamente irreal o artificial, sin que se me tengan que reclamar los títulos que para ello me autorizan? Si la droga produce a veces delirios, ¿por qué no podría yo delirar sobre la droga? ¿Qué vas a hacer tú con tu “realidad” propia?

Tarazona pulsa una prosa que, al contrario de lo que he leído en algunas reseñas, me parece no rígida, sino templada. Rispidez, arritmia, desintegración, capítulos sigilosos, como la memoria de Irma, en plena zozobra, registro de la mutación en el instante mismo en que sucede. Más que ser, dejar de estar siendo. Una crónica de la mutación que deseamos no concluya, sino que siga aconteciendo; si se completa, ya no hay obra. Un gran acierto es precisamente este doble fluir, cómo la autora logra una verosímil crónica del cambio de piel y la narración. Una escritura bífida: escindida en dos, pero perteneciente al mismo cuerpo. En la entrevista para Revista Ñ, de Argentina (donde se acaba de publicar la novela), Daniela dijo que tardó seis años en escribirla y, al igual que su protagonista, el texto se fue transformando, pasó de tercera a primera persona: “y empecé a meterme en la metamorfosis —cuando de pronto volví a leer lo que había escrito, me asustaba… Era un gran extrañamiento. No podía entender, no tenía el registro mental de cómo habían salido esas palabras. Había sido un trance. Me dio una sensación abismal”. Tarazona descubrió el animal que la habita.

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