14/12/11

Los regalos y el filósofo calvo

Jamás imaginé que podría cambiar a Benjamin por Adorno. La esperanza, el misticismo y la fluidez del primero (hablo a partir de las traducciones inglesas que he leído) fueron opacadas por la aspereza, la suspicacia y lo abigarrado del pensamiento del segundo. Desconfié del garbo fresco de Benjamin, de su aspecto amigable, su cabellera canosa y copiosa, de su dandismo judío tal vez fue el único filósofo moderno que cambió su pensamiento gracias a una mujer, Asja Lacis, quien lo adoctrinó en el marxismo; aunque, según ella, no hizo más que fortalecerlo. Me sedujo más la solemnidad de Adorno, la planicie de su rostro, su poca gracia judía y, sobre todo, su calvicie. Y si lo pensamos mejor, la única diferencia entre los filósofos habría sido la alopecia. Los calvos y los que tienen cabello piensan diferente, ven el mundo con distintas perspectivas.

Traigo a colación esto debido a la amargura que me invade durante estas fechas. Cada que llega el final del año, cuando las personas se supone intercambian una oscura maraña de emociones, entre contrición religiosa, optimismo, alegría, suspiros y utopías íntimas, yo, en vez, me deprimo más y más. Soy de los que, en lugar de todo aquello, reflexionan. No sobre mi de por sí triste persona, sino en todos los demás. En ellos. Los incautos.

En Minima Moralia. Reflections from Damaged Life, libro clásico de la filosofía en su estado más puro —quiero decir, el de la divagación asistemática sobre la vida, contrario a Magna moralia de Aristóteles—, el alemán reflexionó, durante tres años que van de 1944, exiliado en Estados Unidos, hasta 1946, fin de la Segunda Guerra Mundial, acerca de una extensa variedad de temas. En una viñeta titulada “Articles may not be exchange” habla de la incapacidad de las personas para poder obsequiarse regalos; se ha violado, dice, el principio del intercambio emocional para adoptar el compromiso de un contrato que prioriza el razonamiento y no los impulsos: el materialismo no se manifiesta en el regalo, sino en la cosificación del otro a través del don. Una función social; se compromete el sentimiento del otro, en lugar de regocijarlo. “Real giving had its joy in imagining the joy of the receiver.” Esto significa seleccionar e invertir tiempo, alejarse de uno mismo y pensar en el otro, o sea lo contrario de la distracción.

Yo no estoy totalmente de acuerdo con este punto de Adorno. La miseria del obsequio, o del don (el cual, según Derrida, es lo imposible: no hay don sin el sentimiento de la deuda, ya sea pasada o futura; el débito no es material, sino simbólico), me parece que estriba en la imposibilidad de querer dar y no poder hacerlo. Las personas en estas fechas luchan por dar todo aquello que pueden a sus seres queridos, pero al final se sienten derrotados ante su incapacidad económica. Todo mundo queda endeudado con todo mundo, tanto sentimental como monetariamente. La Navidad es una gran mentira. No me gusta participar de eso. Y lo peor es que arruina mi cumpleaños: si no se celebrara ese falso nacimiento de Cristo cada 25 de diciembre, yo podría ir a una cantina, hacer una fiesta, convocar a mis amigos en un restaurante. Pero no: debo permanecer en casa, cenar una comida que no es para mí, sino para el niño Dios, y recibir solamente un regalo.

En resumidas cuentas, me fastidio, todo mundo me queda debiendo, y no me quedo calvo como Adorno. Un amargado sin personalidad; eso soy.

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