13/09/11

Clásicos vanguardistas olvidados

Una de las razones de por qué no se habla de literatura contemporánea en este blog es muy sencilla: muy poco de lo que se escribe hoy en día interesa. En primer lugar, porque es difícil pescar una verdadera obra literaria sin tanta parafernalia mercadotécnica: ¿cómo filtrar tanta adulación y mezquindad al mismo tiempo?; en segundo, porque los libros imprescindibles del hoy son carísimos. Pero esto no se extraña. Soy un hombre anodino: puedo prescindir muy fácilmente del presente y éste, mucho más aún, no me necesita. A mí me apasionan más los autores de finales del siglo xviii, casi todos los del siglo xix y los de la primera mitad del xx. Nuestra lengua, cuya maduración intelectual se debió a la traducción desde sus primeros balbuceos, carece de muchas obras olvidadas de aquella época.

Últimamente, como Borges, pero por razones ajenas a su influencia, la curiosidad por la literatura inglesa del siglo xviii me roba muchas horas. La flexibilidad de la lengua inglesa para escribir sobre cualquier tema, desde las costumbres de las señoritas londinenses, los delirios de un opiófago, los tratados sobre la naturaleza humana, la tortura (Essay on the Art of Ingeniously Tormenting, 1694, por Jane Collier), hasta las carismáticas sirvientas y su relación con la novela y la filosofía (Philosophical, Historical and Moral Essay on Old Maids, 1785, por William Hayley), ridiculiza la solemnidad del español. Ya el mismo Borges, en una entrevista, se quejaba de esa singularidad del castellano. Decía que el inglés, el alemán o el francés son lenguas tan trabajadas literariamente que nada más es necesario coger la pluma y ponerse a escribir para poder crear una obra decente; en cambio, la desnutrición del español ameritaba un esfuerzo mayúsculo para generar apenas unos versos memorables. Por su puesto, no hay que exagerar. No obstante, Borges no se equivoca del todo: el español es una lengua poco flexible, seguimos atados a los géneros canónicos y solamente llamamos literatura a todo aquello que sea visiblemente novela, poema, ensayo.

Qué decir de las obras francesas de esa época. Si hay alguien a quien me gustaría parecerme y copiar es a Madame de Staël; ella cambió la historia de la literatura en Francia y, por consiguiente, en el continente hispano: introdujo el espíritu romántico en el pensamiento de vuelta de siglo. Cómo me gustaría escribir un libro tan influyente como De l’Allemagne (1810) o un portento como De la littérature, considerée dans ses rapports avec les institutions sociales (1820). Otro ejemplo de esa época, y que desgraciadamente casi nadie conoce, es el opúsculo Idée sur le Romans de Donatien Alphonse François, Marqués de Sade, llave para comprender su novelística. La parodia, creo, es el género de la vanguardia: sin el conocimiento de la tradición no es posible su efecto estético. Cervantes se burló las novelas de caballería con una parodia total que dio nacimiento a un nuevo género; Sade, al parodiar la novela sentimental de Richardson y de toda su escuela (resulta impresionante su conocimiento sobre el tema, como se puede constatar en su librito), creó a los personajes arquetípicos de la novela moderna: la guerra del individuo contra la sociedad. En la página 34 lo resume: “le Roman étant, s’il est possible de s’exprimer ainsi, le tableau de moeurs séculaires” (el mosaico de las costumbres seculares). Para Sade, la individualidad es un crimen, y todo mundo es un delincuente. Ya Blanchot (Lautrémont et Sade) decía que el lenguaje de Sade no es el de un verdugo, sino el de una víctima.

Por razones tan interesantes como estas es que postergo mi interés por el presente. Cada mes Anagrama publica una obra imprescindible de un ensayista ucraniano; en México, Yépez cada semana, en su columna del Semanario Milenio, alaba a un autor norteamericano que nadie conoce, pero que, según él, es la clave primordial para entender la vanguardia (lo que no sabe es que la poesía de ese país desgraciadamente se quedó estancada en las vanguardias desde hace más de medio siglo; todo lo demás es mera presunción oscurantista o estruendo experimentalista). Así, ¿cómo ponerse al corriente del canon contemporáneo? Mejor me quedo con De Quincey, Swift, Balzac, Pérez Galdós, Woolf, Defoe y Sarmiento. El presente puede seguir siendo el futuro (el cual no habitaré).

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