16/08/11

Dimisión de la idiotez

El idiota de la familia está cansado de la mediocridad.

No es misógino. No es homófobo. Es misántropo.

No es moralista. No es inmoral. Es amoral: está más allá del bien y del mal.

Cuando hace un comentario sobre la característica de una persona, sea por color de su piel, por su inclinación sexual, por su nacionalidad, por su gusto literario o por su forma de fumar, no es racista, no es homofóbico, no es xenófobo, no es crítico, no es un predicador. Para él las etiquetas no son insultos, porque, ya en sí, al identificarse con esos adjetivos, las personas se exponen al insulto mismo: su condición de seres vulnerados no puede comprobarse sin el proferir del agravio. Necesitan alguien a quien culpar. Las etiquetas son accidentes de la existencia.

Como explica Gillez Deleuze, si un sádico se enfrenta a un masoquista en un duelo de placer sucedería lo siguiente:

El masoquista: golpéame.

El sádico: no.

Así de simple. Un choque de fuerzas. El problema no es precisamente participar de esa lucha, sino fungir como referí: señalar la falla: ambos son hermanos de la misma desgracia humana.

Por todo esto, este idiota no tolerará, de ahora en adelante, ningún pavoneo de la mediocridad.

Impío. Cínico. Bufón. Todo eso lo será.

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