01/12/2009

Yoani Sánchez y los blogs

Cada vez me convenzo más y más de que la mitología contemporánea ha caído en la peor de las tentaciones: auto estudiarse. El metadiscurso es el gran método cartesiano de nuestra realidad. Recuerdo que hace unos años, cuando el auge de los blogs fue apabullante y todos los que contaban con Internet en su computadora abrían uno, la teorrea, la especulación y la interpretación sobre el fenómeno fue igual de desconcertante. Pero la historia siempre nos patea el trasero. Todo esto se me ocurrió el domingo pasado, cuando leía en El País una nota sobre el blog de una tal Yoani Sánchez. (Sí, tal vez es noticia vieja, pero no quiero pasar mi comentario al respecto). Y lo único interesante de esta mujer es precisamente que tiene blog. Nada especial: otro blog, como éste, como el tuyo, bloguero precoz y secreto. Como los millones de blogs que existen sobre la plataforma virtual que cada vez más domina al mundo real.
Lo interesante de esta cubana nacida en La Habana en 1975 es que ella se sirve de un blog para hacer temblar a una isla. Esa es la diferencia. No es como yo o como tú, lector, que nada nos castiga por escribir pendejadas, por azotarnos ante un público insospechado. No hay un dictador sobre nuestras espaldas vigilando nuestras breves impresiones de la vida. Yoani Sánchez estudió filología. Vivió una temporada en Suiza para luego regresar a Cuba indefinidamente. Desde allí escribe sin ver su blog desde 2007, porque desde que millones de clics comenzaron a sonar en él, el gobierno castrista colocó un candado a toda su red informática para que nadie dentro de la isla pudiera visitarlo. Y aún así Yoani no se ha rendido; escribe. En su “Autobiografía precoz”, publicada hace unos meses en la revista Letras Libres, es soberbia en su inicio:
Hay criaturas mestizas difíciles de clasificar en algún orden y una de esas es mi escritura, a medio camino entre la crónica, el exorcismo personal y el grito. El hipogrifo nacido de estos dos años escribiendo un blog tiene garras reales afincadas en la cotidianidad para extraer las anécdotas que cuelgo en mis posts. Las alas se las brinda la virtualidad, el enorme ciberespacio donde mis textos hacen lo que yo no podría: moverse y expresarse libremente. Al mirar este híbrido, algunos piensan que su cuerpo aleonado se acerca al periodismo, mientras otros lo juzgan como literatura. Yo, que no puedo controlar ya los empujones y arañazos que me lanza el animal, sólo atino a recordar el miedo, para sacudirme el temor escribiendo —precisamente— sobre aquello que más me paralizaba.

Y lo paradójico del blog, símbolo de la libertad de expresión en las democracias occidentales, es que en lugar de ser una plataforma para reformar, proponer y criticar al Estado, se ha convertido en un placebo anestésico para nuestras sociedades. Sólo en un régimen dictatorial y represivo un blog pudo cumplir con una función desestabilizadora. ¿A quién le importan tantos blogs? ¿Quiénes los escriben, personas concretas o sólo un número indeterminado de individuos inoperantes? Recuerdo también el caso de Luther Blisset, el terrorista informático, que jóvenes en Europa y Estados Unidos inventaron para forjar una trinchera contra la globalización y que tuvo auge en los noventas. Surgieron miles de blogs en todos los países con el nombre de Luther Blisset, todos éramos Blisset. Sin embargo, en vez de sacar algo sociológico de este seudónimo multitudinario, lo que se logró desde mi perspectiva fue corroborar la anestesia de los blogs en el mundo. Yoani Sánchez, en cambio, es Yoani Sánchez. Entre todos los millones de blogs que existen, ella es una persona, no un número. Curiosamente, en un Estado donde lo individual queda anulado en pos de lo comunitario. Yoani arriesga su vida con cada posts: “Generación Y es lo más arriesgado que he hecho en mis tres décadas de vida y después de comenzar a escribir en mi bitácora me tiemblan a menudos las piernas”. Tanto que el gobierno, ante la imposibilidad de arrestarla, se fueron contra su marido hace algunos días. Pues cómo desaparecer a una figura pública. Comenta Mauricio Vicent en su nota:
En abril de 2008, Yoani Sánchez obtuvo el Premio Ortega y Gasset de periodismo, concedido por EL PAÍS, en la categoría de trabajo digital. Fue seleccionada por la revista Time entre las 100 personas más influyentes del mundo, en el apartado de Héroes y Pioneros. Generación Y fue elegido en 2009 entre los 25 mejores blogs del mundo, una selección hecha por Time y la cadena norteamericana CNN. Además, en este tiempo Yoani fue distinguida con el máximo galardón de los Premios BOB, así como una mención especial en el prestigioso Premio de periodismo María Moors Cabt, de la Universidad de Columbia. Y múltiples honores más.
Otro dato confirma que Yoani dejó de ser una simple bloguera para convertirse en todo un fenómeno: en septiembre, Generación Y registró 14 millones de entradas, y eso sólo en español, ya que esta bitácora está traducida a 16 lenguas. A mediados de noviembre, las referencias a Sánchez en el buscador Google se acercaban al millón, y su biografía en Wikipedia era casi del mismo tamaño que la de Fidel Castro.

26/11/2009

Charles Baudelaire y su madre III

Baudelaire fue un hombre solitario. Si se sigue el análisis de Jean-Paul Sartre, la gran afrenta de Baudelaire fue su soledad porque quiso vivirla como un triunfo, pero en realidad, y lo comprueban las cartas a su madre, estaba desolado. Para él la soledad fue su destino elegido, su responsabilidad, pero se trataba de una ilusión según Sartre: “Baudelaire es el hombre que ha elegido verse como si fuera otro: su vida no es sino la historia de ese fracaso”. Y París, en este sentido, era su pretexto, asevera Walter Benjamin: “Baudelaire love solitude, but he wanted in a crowd”. No obstante, en lo que se equivoca el filósofo francés, es en querer destruir la relación madre-hijo para ejemplificar su psicoanálisis existencial; si existía el amor mas con cierto remordimiento y orgullo. Charles decidió ser todo lo contrario a lo que Mme Aupick quería que fuera: “Perdóname si me río un poco de tu deseo de querer verme como otra persona cualquiera, digna de tus amistades de las que hablas tan complacientemente. ¡Ay! Tú bien sabes que no pertenezco allí, y que mi destino es otro. ¿Por qué no, como todas la mamás, mejor me hablas de matrimonio?” (4 de noviembre de 1856)
Aunque Baudelaire tuvo la oportunidad de ser eso que la señora Aupick deseaba: al morir su padre le heredó la fortuna de la familia, pero el joven se encargó de dilapidar la mitad en un breve tiempo, por lo que Madame Aupick, presionada por su segundo marido y su otro hijo, Alphonse Baudelaire, le endilgó un consejo judiciario que regulaba todos sus gastos y que duró hasta su muerte. Y aquí aparece otro protagonista de los tormentos del poeta, el abogado Ancelle, quien autorizaba cada movimiento económico de Charles. Esto también perjudicó la relación, pues madre e hijo sostenían encuentros secretos en el Louvre o en los parques, como dos amantes, para no molestar a Monsieur Aupick y así ella entregarle pocas sumas de dinero. A la muerte del beau-p
ère, la relación de ambos mejora y Baudelaire consuela a su madre en cada carta; durante este periodo, más o menos de 1857 a 1864, la perspectiva del poeta cambia un poco e intenta ser un peso menos para ella. Ahora quiere demostrarle que él es un hombre independiente, por lo que el requerimiento de préstamos es casi nulo. Además que comenzaban a circular en París sus libros y obtenía nimios pagos o adelantos de las editoriales. Enero de 1861: “Mi querida madre, tu carta me hizo llorar. A mí, que nunca lloro. Pobre madre, toda sola, no estés triste. Quién sabe, tal vez este año te traiga un poco de felicidad. La felicidad es como el dolor, equitativamente inesperados”.

21/11/2009

Charles Baudelaire y su madre II

Charles Baudelaire confesaba todo a su madre. Sin lirismo, pero con su acostumbrada y paranoica perfección, narraba lo que en sus poemas aparece orlado de poesía: la vida de un individuo subyugado por la sociedad que le tocó vivir. No sólo en el plano contestatario, sino también en el íntimo. Pues, ¿cómo decirle con una metáfora a su madre que la mujer con la que vive le resulta insoportable o que sus deudas lo obligaban a esconderse y humillarse? Para esto no hace falta poesía: “Y recientemente —un año atrás— cuán amargamente me quejaba contigo. Pero cuando me enfrento cara a cara con esta ruina, inmensa melancolía, mis ojos se llenan de lágrimas; en una palabra: mi corazón está lleno de reproches contra mí mismo” (carta del 26 de marzo de 1853). Después de la muerte de François Baudelaire, su padre, la vida para Charles no fue igual porque sin dejar madurar el luto su madre se volvió a casar por conveniencia con Monsieur Aupick (de quien toma el apellido). Él nunca aceptó este matrimonio a pesar de que la conveniencia, en cierta medida, lo beneficiaría económicamente por el resto de sus días. Saberlo es el origen de su remordimiento y la distancia que mantenía con su madre se debió en gran parte a esa razón. En todas sus cartas, que son cientos (y le dejó de escribir porque murió primero él), tal vez en diez no exista escrita la palabra dinero. Mme. Aupick fue su mentora durante toda su vida. La relación de ambos, antes que edípica, deseo de la carne, fue literaria, deseo de la palabra del otro. Se confesaban todo. Baudelaire le revelaba sus inquietudes poéticas, su sufrimiento económico, patológico y enfermizo. Aunque Mme. Aupick no lo apreciara tanto, ella era la primera en saber las ideas artísticas de su hijo y en recibir las primeras ediciones de sus libros. Jueves, 9 de julio de 1857: “Pero este libro, cuyo título, Fleurs du mal, explica todo, está escrito, ya lo verás, con una fría y siniestra belleza, fue creado con ira y paciencia”. No le importaba si no lo entendía, Carlos (así firmaba algunas de sus misivas) sentía una gran confianza en ella: “Creo que las bellas artes no son tu punto fuerte, pero esto no aminora ni un ápice mi amor y respeto por ti”. Incluso le comunicó su esbozo de suicidio cuando sus deudas eran más grandes que su fortaleza para llevar una vida honrada:
Estamos tú y yo destinados a amarnos, a vivir por nosotros, a terminar nuestras vidas tan honesta y pacíficamente como sea posible. Y aún así, en esta terrible situación que vivo, estoy seguro de que uno de los dos asesinará al otro, o mejor todavía, nos mataremos al mismo tiempo. Después de tu muerte, sin importar que yo haya sido la causa, debería suicidarme. Tu muerte, de la que hablas con tanta resignación, en ningún sentido mejoraría mi situación; el consejo judiciario continuaría (¿por qué habría de no hacerlo?), nada sería pagado, y, para agrandar mi pena, aun así experimentaría la horrible sensación de soledad. Para mí mi propio suicidio sería absurdo, ¿no? ‘¿Quieres abandonar a tu pobre madre?’, dices. De verdad, aunque no tuviera el derecho de hacerlo, pienso que todo el sufrimiento que he pasado por casi treinta años lo justifica. ‘¿Y Dios?’, dirás. Deseo con todo mi corazón (y con una sinceridad que sólo yo conozco) creer que un Ser exterior e invisible conduce mi destino; pero ¿cómo creerlo? (6 de mayo de 1861)

16/11/2009

Noticias: "México ya no es gigante"

Este fin de semana salí a tomar algo con un amigo a una cantina que, aunque no es de mi preferencia, por no desairar a mi compañero, acepté ir. Lo peor de todo es que el plan tácito de mi amigo era, sin que lo admita, ver la pelea de box. Cuando nos estacionamos y después nos encaminamos hacia la cantina, cruzamos el pasillo de restaurantes y bares; al pasar por uno cuyo nombre no quiero acordarme, me dijo que apenas hacía unos días habían ejecutado a un joven en la puerta de ese lugar. Estaba cerrado con etiquetas gubernamentales me di cuenta cuando lo miré. Cuando teníamos las cervezas en la mano, me preguntó si no era inquietante saberlo. “Claro que sí”, grité. Y entonces entramos en nuestra clásica discusión sobre Ciudad Juárez. No resumiré los puntos de la plática, fueron varios, pero yo llegué a una conclusión con el calor del alcohol y del entusiasmo, mientras Cotto recibía una golpiza del campeón filipino Paquiao en la gran pantalla satelital de la cantina.

Juárez es una metáfora de México. No es el lugar que resume una historia, sino la consecuencia, el final de la historia aquí, precisamente ahora. Ante nosotros, últimos en la línea del tiempo, frontera del límite por la que nos fugamos. Cuando se resuelva el problema de la ciudad más violenta del mundo, todo estará mejor en el sur. Lo repito: acá no termina México, aquí empieza. Porque México sólo mira al norte como principio único de su progreso. Porque espera la lástima de Estados Unidos. Porque no supo ver, embelesado con su regodeo con el país más rico del mundo, hacia los países del sur. Por todo eso. Sin embargo, nadie quiso saberlo hasta esta mañana de lunes.

Después de dar mi clase, vine a mi oficina a leer los diarios. Ninguna novedad. Sólo les comento esta nota de El Universal: “México ya no es el gigante de América Latina”. Ja: ¿apenas se dan cuenta, apenas los mexicanos realmente se ven en el espejo? Peor, ¿es esto una noticia? ¿No será que México, si era un gigante, lo era por una casualidad geográfica y temporal —económicamente hablando? La ruina no es una sorpresa, acontecimiento imprevisto, sino una consecuencia de un proceso que, en diferentes hitos de su desarrollo, puede prevenirse. O incluso evitarse por completo. Pero no. Los mexicanos y sus políticos beben su propia sangre hoy en día. Ya basta del binomio político corrupto/pueblo víctima. Por dios. Nada se resuelve así. La solución no la tiene el gobierno; si fuera eso, no sucedería lo que hoy sucede: sólo se encargó de regar todo el petróleo y apostó al narcotráfico como otro tipo de divisa.

No me pone feliz la nota, pero sí me causa una risa morbosa la noticia. ¿Qué pasará ahora? Un fragmento:


En la carrera por alcanzar el desarrollo, el país se ha quedado rezagado. Si alguna vez llevó la camiseta de líder en América Latina, en estos tiempos sólo ve cómo otras naciones lo rebasan, lo dejan atrás, estancado. Ahora, Brasil atrae los reflectores internacionales, mientras México se pierde en su laberinto.

Así lo plantean académicos y especialistas en áreas en las que, en algún tiempo, México destacó o por lo menos, tenía todo el potencial para colocarse en la delantera. La mayoría coincide: el país desperdició. Nunca miró al sur para asumirse como líder, desaprovechó las ventajas que tenía al ser una nación con recursos petroleros y despreció a la ciencia.

[...]

“No éramos exactamente líderes, pero éramos exitosos, estábamos avanzando tanto en exploración de petróleo como en petroquímica”. Este “éxito”, resalta Decelis, se reflejó en que México ocupó, a finales de los 70, el quinto lugar mundial en petroquímica.

La doctora Leticia Armenta Fraire, directora del Centro de Análisis Económico del Instituto Tecnológico de Monterrey, campus ciudad de México, comenta que, “lamentablemente”, se decidió no seguir invirtiendo en la industria petroquímica, no invertir en tecnología para transformar la materia prima y generar valor agregado en el país. “México dejó de lado una de las acciones más rentables que puede hacer un país con recursos petroleros”.

A partir de los años 80, se canceló el desarrollo de la petroquímica, porque se consideró “que era demasiado costoso” y se prefirió apostarle a la exportación de petróleo crudo. Gracias a ello, ahora, México “no llega, ni siquiera, a ocupar el lugar 60” en la lista de países líderes en petroquímica, lamenta Rafael Decelis, quien dice: “El Estado mexicano perdió el rumbo y sigue sin tenerlo”.

12/11/2009

Charles Baudelaire y su madre I

El sábado 27 de marzo de 1852, a la dos de la tarde, tiempo de París, un poeta le escribe a su madre una carta donde le confiesa lo siguiente: “He descubierto a un autor norteamericano que me evoca una increíble simpatía y ya he escrito dos artículos sobre su vida y su trabajo. Los escribí con pasión; sin embargo, notarás que algunas líneas traicionan mi extraordinario entusiasmo. Este es el resultado de la trágica y loca que vida que llevo; los escribí durante la noche; a veces trabajaba de diez de la noche a diez de la mañana. Tenía que hacerlo para ganar un poco de silencio y descansar del insoportable alboroto de la mujer con la que vivo”. A Mme Aupick no se le ocurre que en esa carta se devela un acontecimiento importantísimo en la historia del arte —cómo saberlo, de cualquier forma—; ella se preocupa por la desperdigada vida que si hijo vive.
Y él la entiende. Tres años más tarde, en 1855, en otra carta: “Querida madre, no sabes ni si quiera un poco cómo es la vida de un poeta; sin duda, no entenderás mucho de lo que te acabo de decir, y aquí es donde yace mi miedo. No moriré miserable, no me volveré viejo sin alcanzar una existencia acomodada, nunca lo permitiré; creo que valgo algo, no más que los demás, pero al menos sí valgo para mí mismo”. Y ciertamente, un hecho incomprensible para una madre sería aceptar que su crio tenga la convicción de ser poeta. Mme Aupick por eso nunca desamparó a su hijo, lo ayudó hasta que murió. Esta desesperanza, no obstante, no le impide publicar un libro al joven poeta y piensa que su fortuna puede cambiar; y, por supuesto, para clamar los nervios de la señora Aupick, se lo cuenta: “Ayer le di a otra imprenta el manuscrito de mis Fleurs du Mal […] Todo estará mejor para finales de marzo. Cambiaré de piel: ¿seré más feliz? ¡Ay!” (carta del sábado 8 de febrero de 1857). El hijo de Mme Aupick es Charles Baudelaire.

[...]

09/11/2009

Puntos de oraciones

A veces encuentro terrible todo lo que escribo. Mis ideas, mi sintaxis, mi ortografía. Reniego de mi imagen en el oscuro espejo tipográfico. Ese punto no debió ir allí. Ni este otro. Una oración más larga. Soy malo con las oraciones subordinadas. Es mejor no pensarlo. Me fascina el punto y coma; es elegante; no todos los escritores lo saben usar. Intento las oraciones largas, pero no me van, no es mi naturaleza la longitud, sino la concisión. Los silencios. ¿Ven? Se lee mucho mejor. Soy yo. Escribiendo desde el tedio.

04/11/2009

Noticias

Otra vez enfermo. Fuck! Mi mente está en blanco.Van otras recomendaciones.

Para empezar, ignoraba que Claude Lévi-Strauss, figura importantísima del pensamiento en el siglo 20, murió el domingo pasado. Para aclarar, pensé que ya estaba muerto. Al menos eso parecía.

Dedicó toda su vida a explicar y a explicarse el mundo desde la antropología. Y con sus obras lúcidas y sensibles iluminó la Francia de la segunda mitad del siglo XX. Hasta que la madrugada del domingo pasado el filósofo y antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, pensador clave del siglo XX, falleció, cuando estaba a punto de cumplir 101 años. Su muerte se hizo pública ayer, y causó una enorme conmoción en Francia, después de que se celebrasen sus exequias en Lingerolles, en la Costa de Oro. "Hace dos años se rompió el fémur; desde entonces estaba muy fatigado, ha muerto de la edad", aseguró Philippe Descola, su sucesor en el Colegio de Francia.
Tras su estancia en Brasil volvió a Francia. Fue movilizado. En la línea Maginot, mientras servía como oficial de enlace y como intérprete de inglés, intuyó el secreto del estructuralismo, la ciencia que iba a modificar el estudio de las disciplinas humanas, según él mismo explicó: "Mientras esperábamos una batalla que no comenzaba, observé con detalle cómo, detrás del aparente azar de la belleza de un campo de flores, existía una organización estricta en cada una de ellas".

Pensé que con el desgaste del estructuralismo todas sus figuras quedaban enterradas. Es lo malo: sobrevivir a tu obra y no al revés. Es un problema que sucede en América Latina con los escritores del boom, quienes en vez de morir en paz, deben lidiar con las críticas sobre su persona y sus posturas políticas. Hablando de esto, les recomiendo el artículo que Enrique Krauze escribió sobre el libro de Gerald Martin, Gabriel García Márquez, a Life. Largo texto que se puede leer en abonos; después, vean la airada contestación de Martin, donde acusa a Krauze de ser un enemigo de la "legmitidad" de las izquierdas latinoamericanas. Please! We are not in the sixties. Estamos tan lejos de la legitimidad, que Fidel Castro ya hasta tiene sus ahorritos revolucionarios según la revista Forbes: "Fidel Castro, en 2006 la revista Forbes afirmó que el mandatario cubano tiene una cuenta de 550 millones de dólares, lo que lo coloca como el estadista latinoamericano más acaudalado".